Autor: Nestor Arturo Ramírez Moreno.
Cuando la edad es corta, hasta las cosas más sorprendentes podemos ignorarlas por mirar a otro lado. En esos años no se vivía con preocupaciones y solamente se esperaban los amenos días que nos evitarían la asistencia a la escuela.
Esa noche todos esperaban a los últimos parientes, desde hace unas horas las mujeres de la familia preparaban la basta cena que consistía de todas aquellas comidas de temporada que solo esa noche pasaban a ser una apetitosa realidad.
Sin demorar mucho el inicio de la cena para que entre parientes no empezaran a dilacerarse, ya que muchos recientemente acababan de llegar al estado solo para pasar esta noche que aparentemente ya todos saben cual es. El mayor de todos era el bisabuelo cuyo porte no denotaba su avanzada edad, incluso me atrevería a decir que para él el tiempo dejó de correr hace mucho. De ahí una larga lista de parientes esperaban en la sala, platicando desde los hechos más recientes, hasta aquellas anécdotas que habían tenido lugar ya hace varias décadas.
De las mujeres, ayudando en la cocina teníamos a la bisabuela, cuyo rostro sumiso y apacible podía calmar los corazones de todos sus bisnietos, y vaya que eran muchos, ya que recientemente pasó a ser la nana de todos debido a que la situación actual por parte de ambas familias los obligaba a ambos, marido y mujer, a desempeñarse laboralmente en empleos completamente opuestos para llegar a tener una vida de clase media-alta.
Pero sin salirme del punto, ella, a pesar de su avanzada edad y su abundante cantidad de hilos de plata, seguía siendo el yugo de los revoltosos, hijo del tío más querido de todos (menos de su hijo, pero no contaba porque no era su tío) aquel hombre de la familia que no se detenía en lo que consideraba banalidades y se acomedía en ayudar siquiera a servir los platos.
La muy esperada cena por fin empezó y solamente el bisabuelo estaba ausente, el hecho de que toda la familia estuviera reunida por un momento le aterrorizaba y entre plegarias muy sutiles solo deseaba que la cena acabara bien. No sentía hambre pero solo cambió de parecer al ver los ojos de la bisabuela cuya indulgencia podría acabarse de un momento a otro; y aunque nunca se percató de que ella siempre que podía le echaba un ojo a un relicario decidió tomar su lugar.
Mientras avanzaba por cada uno de los asientos, todos ocupados por familiares que no podía recordar de que rama de la familia, sin querer rozó con el tío que todos quieren, este solo volteó y sonrió pero antes de que cualquiera pudiera decir algo, el hermano del tío más querido empezó a platicar en lo que todos consideraron un buen tema a tocar esa noche.
Tomándolo como un poco a insolencia pero dada la jovialidad de la noche, no le importó mucho al bisabuelo, quien siguió avanzando hasta tomar el lugar que le correspondía, y aunque las platicas eran interesantes, para él su mundo se redujo a escuchar todo lo que aparentemente susurraba su esposa entre bocados, cada una de las oraciones que parecían ponerle al corriente, pero que aparentemente nadie se detenía a escucharlas excepto él.
Gracias a eso se enteró que un primo lejano acaba de tener a su tercer hijo, o que la ausencia de uno de sus hijos se debía a que trabajaba fuera del país y le resultaba muy difícil ir cada año. Cada dato aparentemente sin sentido no era pasado por alto por el bisabuelo y en su agotada mente ahora llena de datos triviales dejó que el tiempo los consumiera, inclusive hasta pensó que si ella continuará susurrándole toda la noche oraciones a él no le importaría en lo más mínimo y debido a que se crió en la vieja escuela, eso era lo único con lo que podría demostrarle a su esposa que la seguía amando a pesar de todos esos años.
Finalmente la cena terminó y una de las hijas recogió el plato casi lleno del bisabuelo, que al percatarse de lo que le habían hecho, fulminó con una mirada la esposa del tío más querido y esta sintió de repente como le recorría un escalofrió de pies a cabeza; hubiera continuado así de no ser que su esposa se paró y avanzo a una sección de la casa especialmente adornada donde tomó una foto. Cuando él llegó miró todos los dulces que estaban en una parte de esta sección y como no se aguantó las ganas golpeó uno partiéndolo por varios pedazos.
Todos voltearon a donde estaba el bisabuelo y de momento sintió como cada una de las miradas de asombro se dirigieron hacia él; anteriormente el bisabuelo estaba en contra de los dulces probablemente porque en su vida había probado uno y él se imaginaba que comerse uno era motivo suficiente para llamar la atención de cada uno de los parientes. Entre tanto, notó que su esposa ya no estaba y que se había llevado con ella, la única foto que estaba ahí.
Decidido a no dejarla sola avanzó hacia la sala, donde de pronto sintió deseos de echar un breve vistazo a los invitados, realmente había muchos parientes que no conocía y por esa razón se limitó a prestar atención a lo que el tío más querido les decía a sus sobrinos y a su hijo. Pero cuando este se detuvo abruptamente y les preguntó si no sentían una fragancia parecida a cuando visitaban la casa de la bisabuela (abuela del tío).
El abuelo del tío lo tomó como una ofensa mayor a la que anteriormente le había perpetrado; todo aquello se le olvidó al abuelo del tío cuando este volvió a encontrar a su esposa, sentada en su sillón preferido observando una foto.
Este se acercó lentamente y notó que una lagrima brotaba de cada uno de sus ojos y avanzaba por su cara hasta caer en un marco de foto que sostenía con ambas manos; ella nunca levantó la mirada para verlo y él solo se limitó a verla desde la distancia, después de un tiempo solo se dijo – gracias por ser como eres, te veré pronto – y avanzó hacia la puerta principal donde salió sin mirar atrás.
El tío más querido avanzo hacia los dulces con aquel marco que anteriormente llevaba su abuela entre las manos, ya no había nadie, la cena hace mucho había terminado y los parientes ya se habían pasado a retirar.
Tomo una golosina de chocolate del altar de día de muertos, pidió permiso para comérsela y observó con una sonrisa en su boca como estaba aquella calaverita de azúcar partida por la mitad y aparentemente sin un buen pedazo.
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